Nueva Delhi es para nosotros solo una etapa antes de tomar el tren para Nepal. No nos imaginábamos lo que podía ser la India de hoy en día. Christophe tenía en mente las imágenes del "Libro de la Jungla" y de elefantes. Yo imaginaba más bien mujeres hermosas con vestidos seductores. Pero también tenía en mente películas como "La Ciudad de la Alegría", en donde la miseria va de la mano con la enfermedad: en Calcuta…
La llegada al aeropuerto destruyó de inmediato todos nuestros clichés. Para empezar, la atmósfera es increíblemente húmeda y cálida; el hall del aeropuerto es vetusto, nada que ver con el "Charles de Gaulle" parisino. Nos es difícil encontrar referencias familiares, y sin embargo... ese hall, con aspecto tan frío, es un verdadero refugio de paz con respecto a lo que nos espera afuera... Apenas salimos, una horda de rickshaws nos interpelan sin piedad para ofrecernos sus servicios. Ya habíamos leído en las guías que debíamos tener cuidado pues siempre se aprovechaban de los turistas. Pero teníamos que salir de allí, y entonces optamos por un taxi prepagado del Estado. La oficina que nos vendió el ticket parecía un mostrador oficial, sin embargo esto no significa nada en esta ciudad, pues aquí todo está en manos de pequeños hombres de negocios que encontrarán siempre la manera más "visiblemente honesta" de embaucarnos. Nos dimos cuenta de eso cuando el chofer trato de vendernos toda clase de servicios en el camino...
Son las 7 de la mañana cuando salimos del aeropuerto. El ambiente es extraño, como si estuviéramos en otro planeta. La luminosidad es difusa y el cielo es de un gris pálido; el ruido de los cuervos invade el cielo y vemos volar encima de nosotros especies de pájaros desconocidas. El coche-taxi en el que nos montamos es parecido a los demás, beige y de forma redondeada, como los que podemos ver en los álbumes de Tintin: ¡anacrónico! En el camino se mezclan, autos, rickshaws, autobuses, bicicletas, peatones y vacas sagradas se mélangent. . Todo lo que rueda posee una corneta, pues los vehículos con luces de cruce y retrovisores son raros y es necesario señalar su presencia de alguna manera, ¡si no quieren chocar!...
Le pedimos al taxi que nos dejara en Connaught Place, el centro de Nueva Delhi. Sabíamos que había una oficina de turismo cerca de allí... Nuestro error fue decírselo al chofer y comenzar a hablar con él. Aquí estamos delante de una oficina de turismo que visiblemente no tiene nada que ver con la que habíamos visto en nuestro mapa. Viene entonces un hombre a la puerta a preguntarnos que qué queríamos saber. Olíamos el embauque, le preguntamos al chofer dónde estamos y efectivamente estamos lejos de Connaught Place. "It's cheaper here", dice. ¿"Cheaper" de qué? ¡Nosotros no queremos pagar nada! Y entonces el tipo se monta en la parte delantera del coche ¡para hacernos una visita guiada! Insistimos para que se bajara y nos quedamos firmes con nuestra decisión de ir al centro y visitar la ciudad a pie. El taxi, después de intentar vendernos de nuevo un tour en coche por los grandes monumentos, nos deja finalmente en un sitio apocalíptico: Connaught Place. Una última vez intenta quitarnos un poco de dinero: "100 rupias por el servicio". Pero no hay ni 50 rupias que valgan, nosotros ya pagamos.
A la hora a la que llegamos al centro de la ciudad no hay nada abierto, pero ¿qué podría estar abierto? No distinguimos sino montones de basura, bazares, fachadas gastadas por el tiempo. Todo nos parece demolido a medias. Pero no podemos siquiera dar unos pasos y tratar de entender dónde estamos, que ya 3, luego 4 y 5 rabatteurs y rickshaws están detrás de nosotros agobiándonos con preguntas y casi forzándonos a embarcar en sus vehículos.
Aunque sepamos que estas personas son pacíficas e inofensivas, no nos sentimos cómodos aquí, tenemos la sensación de ser perseguidos como presas. Queremos huir, pero ¿a dónde? Rápidamente busco mis notas de viaje: "autobús 620 para la Embajada". Como de milagro está allí, a unos metros de nosotros. ¡Rápido, se va! Aprendemos, al mismo tiempo, a tomar el autobús en la India: ¡mientras avanza! No se para ni para dejar subir, ni para dejar bajar: es un deporte bastante peligroso en un lugar con una densidad tan alta de circulación. Un tipo está siempre en la ventana para gritar el destino y golpear la carrocería para avisar: "¡dale que pasa!".
La Embajada nos abre los brazos. Una señora está allí
para recibir a todos los franceses desorientados por un cambio tan grande. Lo
que llamamos un "choque cultural" pues. Ella nos habla de su visión
de la evolución de la India desde hace diez años: la de hacer
negocios y dinero sobre la espalda de los demás, especialmente la de
los turistas. Un espíritu surgido de la apertura hacia Occidente y del
turismo.
La envidia crea aquí horrores indescriptibles: la compasión, herramienta esencial de la mendicidad, es explotada de una manera a veces cruel. Pasa, por ejemplo, que algunos padres mutilan a sus hijos hasta que las deformaciones hagan palidecer al primer occidental que llega.
Así pues, de vuelta a Connaught Place, después del intermedio
de la Embajada, vimos niños de 8 a 10 años que parecían
de 5, aferrados a nuestros pantalones, medio desnudos y suplicando por una moneda.
Bebés también, acostados en el pleno suelo, en un polvo y una
humedad infernal. ¿Qué hacer en tales circunstancias? ¿Darles
dinero y depositar así a los padres que se sirven de sus hijos para recoger
dinero (el cual necesitan, es evidente)? ¿Rechazar y guardarnos el dinero
para nosotros?... Le di una moneda a un niño, todos los demás
corrieron hacia mí. Creo que el corazón fue más fuerte
que la razón, pues en realidad pienso que el dinero de los turistas no
puede sino incitar aún más los horrores que representa una ganancia
"fácil" de dinero. ¿Qué hacer entonces? Confieso
no saber. Tal vez sacar esos niños de la calle, uno por uno, pero ¿para
hacer qué? En la India son millones los que viven así...
Somos invitados a pasar la noche en la universidad budista. Creemos encontrar la paz del espíritu, pero descubrimos un cuarto para estudiantes donde viven felizmente hormigas y cucarachas enormes. Luego degustamos, afuera, sobre las escaleras, un poco de arroz pegostoso en un maravilloso plato de hierro... Mmmm... Definitivamente, nada está hecho para encontrar el mínimo confort aquí, ni siquiera la ducha: ¡fría!